Julián Priante

Sobre mí

Soy Julián, profesor de español de Buenos Aires, Argentina. O sea: soy porteño. La palabra viene de puerto, porque Buenos Aires creció mirando al Río de la Plata, ese río enorme que nos conecta con Uruguay. A esta parte del mundo se la conoce como “región del Río de la Plata”, y a la variante de español que hablamos acá, como “español rioplatense”. Claro: hablamos la misma lengua que se habla en México, Colombia o España, por ejemplo. Lo que cambia es el acento (sotaque en portugués) y algunas palabras propias de cada lugar. Pasa lo mismo en todos lados: cada variante del español tiene sus particularidades.

Brasil estuvo presente en mi vida desde chico. Muchos argentinos pasamos unas vacaciones familiares allá por lo menos una vez en la vida. Después, a los 16 años, en un viaje a Río de Janeiro, me pasó algo que nunca se me fue del todo: pensé que algún día quería vivir ahí. Me gustaron la vibra de la ciudad y la forma de ser de la gente.

Algunos años más tarde, en 2017, viajé a São Paulo por un fin de semana largo. Fue mi primer viaje solo. Sentí que ese era el lugar. Era la ciudad más poblada de América Latina: oportunidades no me iban a faltar. Cinco meses después volví con una valija grande, sin saber portugués y con muchas ganas de probar suerte, turistear y conocer más de la cultura brasileña.

Mis primeros trabajos no tuvieron nada que ver con la enseñanza: trabajé en hostels, entre recepción, bar y limpieza, mientras me iba moviendo por distintas ciudades del país. Ese contacto cotidiano con brasileños, con su forma de hablar y con mi propio proceso de aprender portugués desde cero, terminó siendo mucho más importante de lo que yo imaginaba, porque determinó a qué me iba a dedicar los próximos años y cambió totalmente mi forma de vivir.

El contacto cotidiano con brasileños me hizo darme cuenta de que me encantaba enseñar español y de que me salía con mucha naturalidad. Al mismo tiempo, el trabajo en hostels no era muy saludable. Para que tengas una idea: en el primero trabajaba de 19 a 7, y en el segundo, de 23 a 7. Vivía de noche y dormía de día. Era difícil construir una rutina saludable, y las oportunidades de crecimiento eran bastante limitadas. Fue en ese contexto que decidí dedicarme profesionalmente a la enseñanza del español.

Me terminé formando en la práctica, con alumnos particulares. Al principio trabajaba de manera híbrida: daba clases online y también presenciales, en lugares muy distintos, desde cafés hasta empresas. También trabajé en dos escuelas de idiomas en Curitiba, aunque admito que la experiencia no me gustó demasiado: siempre preferí trabajar de manera independiente. Con la pandemia, todo se virtualizó y hubo un boom de cursos online. Mis clases, que hasta entonces combinaban lo presencial y lo digital, terminaron convirtiéndose en una experiencia completamente online. Y la verdad es que me encanta: me gusta mucho la libertad de poder trabajar desde casa y atender a personas de cualquier parte de Brasil y del mundo.

Hoy mis clases son 100 % online, personalizadas y pensadas especialmente para brasileños. Trabajo con conversación desde el primer día, pero sin dejar de lado la estructura de la lengua. Y cuando digo que son clases personalizadas, no lo digo como cliché: son personalizadas de verdad.

Para cada alumno, monto una base de datos en la que voy registrando el vocabulario nuevo que aparece en clase, junto con su traducción al portugués. También tomo nota de los errores gramaticales que van surgiendo durante la conversación, para después poder compartir explicaciones, ejercicios o materiales que ayuden a trabajar esos puntos con más claridad.

Con respecto a la conversación, me interesa que sea real. No me gusta hablar por hablar ni hacer preguntas mecánicas solo para que el alumno practique un tiempo verbal. Me gusta escuchar, preguntar de verdad y entrar en los temas que aparecen de forma natural: formas de pensar, decisiones de vida, diferencias culturales, historias personales, planes, intereses, gustos y maneras de ver el mundo. Me interesa conocer a mis estudiantes de verdad. Con el tiempo, la clase deja de ser apenas una clase de idioma: también se convierte en un espacio de intercambio y confianza.

En definitiva, enseñar español no es solamente explicar un idioma: es acompañar a otra persona en el proceso de encontrar una nueva forma de expresarse. Para mí, cada alumno nuevo es un proyecto. Me genera mucha satisfacción ver su progreso y saber que ese aprendizaje lo va a acompañar para siempre. Si mi historia con Brasil empezó por curiosidad, hoy continúa en cada clase, en cada conversación y en cada intercambio con mis estudiantes.

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